Parece que las FARC no están en su mejor momento ya que en lo que llevamos de este año han sufrido tres pérdidas significativas para su organización. No podemos olvidar tampoco que el año pasado ocurrieron también los asesinatos de oficiales como el Negro Acacio y Martín Caballero, ambos de gran renombre en esta organización, sin contar todas los oficiales y dirigentes de diferentes frentes que han sido capturados en el curso de los dos últimos años: Sonia, Simón Trinidad, Martín Sombra. Karina y muchos otros. Ahora, Raúl Reyes, después Iván Ríos y ahora el legendario Tirofijo. Afortunadamente, la muerte del último fue natural, lo que imposibilita a los presidentes de los países vecinos a criticar y desmeritar el trabajo de las Fuerzas Armadas Colombianas.
Muchos colombianos, y en general mucho ciudadanos, ven la muerte de estos tres líderes de las FARC como una luz de esperanza o un gran avance en la lucha contra las FARC. Yo, por otro lado, creo que aunque estas tres muertes si deben haber afectado la infraestructura de esta guerrilla, esto no quiere decir que en los próximos seis meses las FARC van a llegar a su fin o algo así. Colombia se enfrenta otra vez a la misma problemática que vivimos con Pablo Escobar. En su época se creyó que con el asesinato o la captura de El Patrón, el narcotráfico se iba a acabar y que Colombia tendría un especie de Era Dorada llena de paz y amor y buen café y una cantidad más de cosas buenas que en verdad nunca terminaron pasando. Cuando se mató a Pablo Escobar no se acabó con este negocio ilícito sino que éste simplemente se reorganizó: en vez de que existieran unos cuantos carteles con sus conocidos capos, aparecieron miles de carteles pequeños con sus pequeños líderes que siguieron fortaleciendo una industria fuerte hasta el día de hoy y que es el soporte financiero de todos los grupos armados al margen de la ley. La misma situación se dio cuando se “exterminó” el Cartel del Valle que nutrió una problemática que está azotando al país más duro que nunca como lo es el paramilitarismo.
Los colombianos tenemos que aprender que con la muerte de los líderes no estamos matando los ideales, pues aunque tal vez sean sólo los altos mandos de estos grupos los encargados de poner sobre un papel cuáles son los ideales que rigen a la guerrilla, el sentimiento de descontento es común para todos sus integrantes. Si queremos acabar con un grupo revolucionario tan antiguo como las FARC, tenemos que arrancar el problema de raíz. Es decir tenemos que ver que una de las teorías más fuertes y aceptadas a nivel mundial acerca del inicio de este grupo se dio porque el gobierno no ha sido capaz de cumplir con las necesidades de todo un pueblo ya que se concentra en cumplir las de unos cuantos que no alcanzan a ser ni siquiera el 20% de la población de nuestro país. Es que de que nos sirve acabar con todos los lideres que tienen las FARC en este momento si va a seguir habiendo personas que se sienten abandonadas y tracionadas por el gobierno. ¿Acaso ellos no serán capaces de reconstruir otra vez las FARC, y tal vez esta vez decidan atacar las grandes ciudades y no quedarse en el campo como lo han hecho hasta ahora? No podemos dejar que se nos olvide nuestro pasado, que no es ni tan lejano, ni dejarnos cegar por el sentimiento de logro que traen consigo las muertes de estos altos mandos.
Hay otros que dicen que las FARC ya no funciona por ideales, y tienen razón al decirlo ya que éstos ya ni siquiera tratan de buscar una salida política, como lo hizo en algún momento la UP, sino que siguen en el campo bombardeando terrenos y plantando coca.
Lo anterior me lleva a la siguiente teoría: si queremos acabar con las FARC, tenemos que acabar con su sustento económico: el narcotráfico. El trafico de estas sustancias ilícitas ha hecho que éste y muchos otros grupos armados puedan sobrevivir por años y años así el Ejercito colombiano los tenga acorralados. No podemos negar que el narcotráfico es un negocio provechoso ya que sin tener que hacer mucho esfuerzo las personas ganan la plata suficiente para mantener a sus familias que antes vivían en la pobreza. Otra vez vemos como es evidente la falta de presencia y de ayuda del gobierno a zonas que ya parecen estar simplemente borradas de la geografía nacional.
No quiero desmeritar el trabajo que han hecho este gobierno y nuestras Fuerzas Armadas ya que el progreso es evidente. Sin embargo, sí quiero que nos demos cuenta de que la guerrilla no se puede reducir a enfrentamientos armados o que el primero que mate a más lideres va a ser el triunfador de esta guerra. Tenemos que ser conscientes de que aunque debilitemos su infraestructura la solución del problema es mucho más compleja que el asesinato de unos cuantos líderes y la captura de otros. Para acabar con las FARC o con cualquier otro grupo al margen de la ley se tiene que solucionar el problema desde la raíz. Indudablemente atacar el problema está también muy ligado a la situación en la que se encuentre la estructura de estos grupos ya que después de todo ellos sí representan parte importante de lo que son las FARC, pero no lo son todo; detrás de ellos hay millones de guerrilleros que no quieren volver a vivir en la miseria y sin la esperanza de que su gobierno haga algo por ellos. Es decir que se tiene que lograr un equilibrio entre el combate armado y la presencia estatal. Aunque muchos piensen que la pelea de los grupos revolucionarios pasó de ser un lucha de ideales a ser simplemente una mascara para el tráfico de drogas. Para la mayoría de los guerrilleros que llevan quién sabe cuantos años en medio de la selva, las FARC representan la única esperanza de que sus familias sobrevivan y hasta que ellos no vean en su gobierno una solución o una mano que en verdad esté dispuesta a ayudarlos, esta lucha nunca acabará.
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