El parque un sábado en la tarde
Por: Isabel Peláez
Hay niños, niñas, mujeres, hombres, viejos y perros. Hay bancas de cemento, hay árboles y parques infantiles y un caño con nombre de río.
El aire está lleno de gritos de niños que perturban a los perros mientras olfatean y buscan con una mirada aguda a su alrededor por la próxima presa, o el próximo juego. Todo esto junto hace del parque el centro de las reuniones del sábado por la tarde.
Una señora con sudadera blanca se sienta en una banca de cemento a mirar a dos niñas que parecen ser sus nietas mientras preocupada, se inclina y vuelve y se sienta al ver las acrobacias que podrían causar un brazo roto, hasta una pierna, según se lo recuerda la experiencia. Trata de llamarlas pero las niñas no le hacen caso; hoy prima la buena compañía y los juegos que aprendieron en la semana.
Un buldog pasa olfateando, buscando ese olor que se le ha perdido y por el que acaba de dar unas cuantas vueltas a un árbol sin resultados. La dueña hala su correa, ella prefiere sentarse pero la avidez del perro la hace acompañarlo en su búsqueda. ¡Ahí, en esa dirección, está el olor perdido! La emoción lo llena y le indica a su ama con un empujoncito que es por ahí, que debe seguirlo. Pasan juntos, perro llevando el paso, frente a una pareja de novios que sonríen.
La sombra permite una vista de la ciudad, de los cerros que bordean a Bogotá en el nororiente, sin las incomodidades del sol y debajo de un árbol es perfecto para sentarse a hablar. Él trata de darle un beso, ella gira la cara y mira hacia abajo con timidez. Él sonríe y sigue contando sus anécdotas, recordando que tan chistoso fue aquello mientras se pone la mano en la cara y hace gestos. De repente, recibe un beso en el cachete. Se le olvidan las anécdotas; sus ojos incrédulos, su mirada alegre, son suficientes y devuelve el beso recibido en la mejilla.
Un balón de fútbol pasa cerca, y un obrero agitado lo persigue lo más rápido que puede, si el balón se va al caño se ensucia. Detrás suyo los demás miembros de los equipos se posan en sus rodillas y calman su respiración. Ya casi acaba el primer tiempo y van empatados. Con un golpe fuerte y preciso, el de un hombre que lleva jugando por años, así sea en parques, el balón vuelve al campo de juego y saca el equipo contrario. Al poco tiempo una patada alta marca otro gol. La emoción es contagiosa; los gritos de gloria y de frustración se mezclan con los de los niños y los apagan, mientras que todas las miradas, unas emocionadas y otras indignadas, se dirigen al partido. Empieza el medio tiempo.
De pronto, esa melodía de música clásica que ha estado desde las primeras idas al parque, esa melodía que no es de un compositor clásico sino del señor heladero, o más bien, de su carro, recorre el parque y sus alrededores. Viene vistiendo una chaqueta roja y blanca y un gran anuncio de CremHelado. Las niñas dejan sus acrobacias y corren adonde la mujer de sudadera blanca para pedirle plata para una paleta. Los obreros cansados y sedientos deciden cuál sabor van a probar hoy, mientras que lentamente se paran y se desperezan. Los novios lo dudan, ella no sabe si quiere algo pero él la convence y va y compra un cono para compartir. La melodía cambia, es la continuación de la misma interminable canción del heladero. Las niñas insisten y la señora accede a darles plata para que compren las paletas que quieren. Entusiasmadas, ambas corren al carrito para escoger entre los sabores, hay desde helados caseros hasta paletas Drácula rellenas de mermelada de fresa.
La dueña del buldog se acerca, pregunta por una paleta específica pero no la hay. Se da vuelta y llama al perro, es hora de que se vayan. Las niñas se sientan para prevenir que el helado derretido les manche la ropa mientras juegan, tratan de untarse las narices con las paletas pero la señora de sudadera blanca las regaña, eso podría ensuciarlas aún más de lo que seguramente se van a ensuciar. Las niñas, entonces, sólo se acaban sus helados poco a poco y quietas. Los obreros acaban sus paletas de agua, las que les quitan la sed, para seguir jugando y tan pronto todos han acabado se distribuyen en la cancha improvisada para empezar el segundo tiempo. La pelota vuelve al juego y todo el movimiento, los gritos, las sugerencias del mejor pase que se debería hacer, inundan el parque.
Todavía debajo del árbol, los novios no se han acabado su helado. Ella lo prueba pero se aleja, esquivando los besos que él trata de darle usando el cono que comparten como excusa. Duran mucho tiempo así, ya que ni la una ni el otro comen de verdad. Así es el parque un sábado en la tarde.
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