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Mi mala suerte
Por: Adelaida Camacho

Todo empezó el domingo 4 de mayo. Al parecer ese sería un domingo como todos los demás hasta que noté que algo me hacía falta. Poco después me di cuenta de que la razón del vacío que sentía era la ausencia de mi cámara que normalmente decoraba mi escritorio. Traté de ignorar esta ausencia  y me convencí a mí misma de que eso había sido que la había cambiado de puesto sin darme cuenta  y de que el lunes seguramente la encontraría. Pasó la noche del domingo y llegó el lunes, pero con éste no llegó mi cámara. Empecé a preocuparme e hice lo que hace cualquier persona que ha perdido algo, traté de revivir cada de uno de los últimos instantes en los que este accesorio había estado a mi lado. Mis recuerdos no eran vagos pero no eran lo suficientemente precisos como para llevarme hasta el paradero de mi cámara.

El martes de esa semana me di cuenta  de que había otra cosa que me hacía falta, esta vez no era mi cámara sino mi iPod. No lo podía creer, empecé a creer que ese cuento del enanito que habita las casas y se divierte escondiendo las cosas era verdad; también llegué a pensar que el señor que lleva la ropa de la lavandería a mi casa tenía algún tipo de entrenamiento tipo agente secreto de CIA y que en el minuto en  que entré a la cocina para buscar la plata para pagarle, él había subido hasta mi cuarto y robado mis implementos tecnológicos. Después de descartar estas absurdas teorías, llegué a una más plausible: alguien me lo había robado en el colegio. Después de todos los relojes, gafas, celulares, iPods, en fin  millones de cosas que he perdido en este Colegio no me pareció nada raro que volviera  ser víctima de los ladrones nogalistas que parecen estar entrenados por los presos de la Picota o algo así. Sin embargo, tuve que descartar esta teoría ya que nunca había llevado la cámara al Colegio y me acordaba también  de haber llevado el iPod de vuelta a su hogar.

En medio de esta desesperación, mi mamá se acercó y me dijo, en típico tono sabio-maternal: “Adelaida, si algo me ha enseñado la vida es que las cosas materiales, sí es que no valen la pena.” No sabía si reírme a llorar, en verdad no me pareció nada extraño oír esta frase pues es uno de los clichés más grandes que conozco, pero por otro lado, no podía evitar pensar que estas cosas materiales que debían ser tan insignificantes, tenían mucho valor en mi vida, y que simplemente no podía pensar en lo que sería enfrentar el bus de TECH cada tarde y cada mañana sin la compañía de Wisin y Yandel, quienes eran los encargados de prepararme para ocho horas de estudio. Pensaba que el universo, los planetas, el cosmos en general se había alineado en mi contra y que tenía tanta mala suerte que Chaplin era el ser más afortunado comparado conmigo.

Sin embargo, me vi obligada a vivir la vida sin mis herramientas de supervivencia y entendí por primera vez el significado de ese cliché que tanto me molestaba. Era absurdo pensar que mi vida iba a ser lúgubre por la falta de unos cables, después de todo, lo importante en la vida no se puede reducir a unas imágenes en un computador. Mucha gente se las arregla para sobrevivir con el mínimo y no se queja, mientras tanto yo, que lo tengo todo, sufría—y alcancé a llorar—porque había perdido mi precioso iPod. Sé que no les puedo pedir que hagan a propósito lo que para mí fue accidente; sé que muchos piensan que sin su iPod, su cámara, su celular, su computador su palm… su lo que sea, no van a poder vivir, pero yo les digo que sí es posible vivir así. Que el hecho de no estar conectado a una red no significa la muerte, por el contrario significa empezar a vivir en un mundo donde lo que importa es uno; donde la prioridad es conectarse con uno mismo y no con una red. Ahora empiezo a creer que tal vez, el cosmos no está en mi contra, quizás  sólo me quería enseñar una lección, que espero ustedes puedan aprender algún día,  para que yo no la olvide cuando vuelva a tener un iPod o una cámara.

 

 


 
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